Reseña de “Al servicio del Imperio” en Posmodernia

Una mariposa bate alas en Pekín y hay un tornado en Texas. La conjetura respecto a los sistemas dinámicos de la naturaleza ha sido certeza, desde siempre, en el magma orgánico de la historia. Un reclutador convence a dos jóvenes cántabros para que se alisten en las tropas auxiliares del imperio y el destino de una dulce muchacha que vive en un remoto pueblo de Judea queda marcado para siempre. Un emperador tronado —Nerón, sin ir más lejos— decide construir unos jardines fastuosos y carísimos que sean reflejo de su opulencia imperial y su infinito amor a la belleza, y, de su consecuencia, los impuestos a las provincias crecen exorbitantemente, los griegos se zafan del pago con la astucia que les caracteriza, la carga tributaria se redobla en Judea, hay una rebelión y se organiza una de las guerras más crueles y costosas de la historia de Roma.

Así funciona la nueva novela de Pedro Santamaría, Al servicio del Imperio, como un todo somático en el que las vidas y el destino de los personajes no es que se encuentren, como suele escribirse, “entrelazados”, sino que forman parte de una realidad activa, consciente y simultánea. 

Desde el palacio imperial donde un arquetípico Nerón se dedica a sus “neronadas”, hasta una ciudad tan humilde y tan lejana en la inmensidad del imperio como Juliobriga, del emperador a los ingenuos, patosos adolescentes cántabros que deciden alistarse al servicio de Roma para destruirla desde dentro —o algo así, idea absurda que les sorbe el seso—, todos los actores en este drama coral palpitan al unísono y en rotunda armonía conforme al dictado de la historia, esa fuerza invisible y decisiva que los lleva y los trae de la ventura a la desdicha y de la victoria al vértigo de la derrota con una lógica implacable, como un albedrío superior del que, en realidad, todos forman parte y al que, en el fondo, todos temen. Ese es el primer gran hallazgo, desde mi modesto punto de vista, de la novela de Santamaría: haber transcendido el recurso argumental de las “vidas cruzadas” —versión más o menos moderna del bizantinismo dramático—, para proponer primero y desarrollar después con toda solvencia una predeterminación necesaria, una deriva irrenunciable del ser individual hacia el mandato inevitable de la voluntad colectiva.

Pero hay otros elementos narrativos, de construcción de personajes y situaciones, que me han llamado mucho la atención en esta novela y que han llegado a convencerme sobre la justa conclusión de la presente reseña, la cual conclusión, precisamente por serlo, expondré al final, justo antes del último punto —final—. De momento, uno aparte.

La elaboración de personajes aparece de manera más fluida, más ágil y con más eficacia que en anteriores novelas del autor. Fijadas las coordenadas espacio-temporales, es necesario caracterizar a cada uno de ellos con precisión y potencia narrativa. Observo, muy satisfecho y agradecido como lector, que Pedro Santamaría adelanta en esta disciplina respecto a otros títulos anteriores. Crece. Se hace grande. Ya no necesita varias páginas y un par de situaciones en las que se “pone a prueba” al personaje para distinguirlo conforme a sus actos. En Al servicio del Imperio fluyen con una naturalidad admirable, con una fuerza notable desde los primeros párrafos. Como el retratista que esboza el perfil decisivo con unos cuantos trazos, Pedro Santamaría convierte a sus actores en seres de carne y hueso, cercanos, familiares, cómodos compañeros a lo largo de la lectura, desde el primer vistazo que cae sobre ellos al otro lado del libro. Y, sin duda, desde el primer vistazo hay tres personajes obligados a sobresalir en el cuidadoso escenario estructurado por el autor: Noreno, Arán y Teómaco. Por partes.

Noreno es personaje partícipe en el relato omnisciente y, a la vez, relator en primera persona de las vicisitudes de la Cohorte II Cantabrorum, desde su fundación a su participación en la terrible guerra de Judea (66-73 dC). Me parece un hallazgo introducir la eficiencia y cálida sugestión de esta voz personal que relata hechos tanto epopéyicos como íntimos en una especie de ameno susurro, de voz que suena acogedora en un tibio refugio, en la que suponemos abrigada casucha, próxima a su pueblo natal, donde el viejo soldado que regresa tras veinticinco años de servicio a Roma se ha detenido para reponer fuerzas y guarecerse del frío de la noche. El recurso es sabido, lo sé. Esa primera persona que confiesa intimidades entre vasos de vino a un desconocido, tiene larga trayectoria en la narrativa moderna. Pero no deja de ser un acierto la combinación del yo-relator con el relator omnisciente, en la medida en que estas intervenciones de Noreno actúan como lo que pretenden ser, un remanso de tranquilidad, de sosiego tras las tempestades de la vida militar y la guerra; cada vez que el autor nos devuelve al refugio donde Noreno continua contando su historia, el lector respira: “Menos mal, todo pasa, el tiempo todo lo sana y todo lo remedia… Si este hombre está ahora tan ricamente instalado, disfrutando un vino malo en buena compañía, relatando los sobresaltos de su vida, no habrá sido para tanto”. Esa es la sensación que crea Santamaría con el mencionado recurso, el cual, debo decir, me ha hecho evocar en ocasiones, cómo no, a las Memorias de Adriano, de Yourcenar. Cuidado: no hago ditirambos; no comparo Al servicio del Imperio con Memorias de Adriano. Al servicio del Imperio no es Memorias de Adriano, ni falta que le hace ni la intención de su autor era que pensásemos en Adriano cada cuarenta o cincuenta páginas. Digo que me he evocado a la novela de Yourcenar, sobre todo cuando Noreno despliega reflexiones sobre la vida en la milicia, la guerra, el deber, el poder, la muerte y la vida. Eso digo y como tal dicho queda. Sobresaliente.

Arán y Teómaco son dos personajes igualmente complicados de crear y agradecidos de leer. Arán es el único que evoluciona de manera rotacional (atención: spoiler), cambiando no sólo su manera de ver el mundo sino de estar en él, su compromiso hacia lo que considera el deber, lo justo y lo correcto; y lo hará un par de veces, de un bando a otro en función, primero, de sus convicciones y también de sus sentimientos; después, azuzado por sus necesidades y, de nuevo, sus sentimientos. No es sencillo desarrollar un personaje tan huidizo de sí mismo y de los demás, y que encima cargue con la obligación del amor —por supuesto, como en todas las novelas, hay una bella historia de amor, ¿qué se creían ustedes? —. En realidad, las eventualidades y forzadas decisiones de Arán son el argumento de la novela, el conflicto moral que entraña toda narración de cualquier corte y género: el discernimiento del bien y del mal, de lo justo y lo injusto, de la obligación y la necesidad, y la toma de decisiones que corresponde en cada momento. Eso es una novela: un conflicto moral contado como si fuese una historia de guerra, o de amor, o de asesinatos, de lo que sea…

Teómaco es la caña, permítanme la familiaridad pero es que además de ser la caña es un personaje entrañable. Médico de la cohorte, amigo íntimo para lo bueno y lo malo y para toda ocasión de su prefecto, Lucio Valerio Corvino, es el contrapunto de realismo y pragmatismo que todo héroe necesita a su lado, el Sancho que debe acompañar a cualquier Quijote, el Watson que todos los Holmes del mundo necesitan para no morir asfixiados bajo las oceánicas cantidades de sí mismos con que van de aquí para allá. Borrachín sin remedio, irreverente, culto, decidor incontinente y mal hablado, protestón, agilísimo en los debates como corresponde a un griego que ejerce de griego, Teómaco posee una virtud que destaca por encima de sus demás costumbres y rasgos de carácter: la lealtad. Su apego a Valerio es indestructible, casi tan poderoso como su tenaz dedicación a discutir con él a todas horas. Dicha lealtad nunca se pondrá aprueba por la sencilla razón de que él jamás permitiría verse en situación que favoreciese este dilema. Cuando, finalmente, las circunstancias lo aparten de Valerio, y como hombre práctico que es, se consolará de la manera más sabia posible: con buenos vasos de vino. Y no cuento más, que la devoción por el personaje me puede.

Bien, se dirá el lector: ¿y estos personajes tan bien trazados, a qué se dedican? La respuesta viene dicha en el título de la novela: a servir al imperio. A la guerra y la muerte, el jolgorio de la victoria, el saqueo cuando corresponde, el fuego y la cruz —para crucificar, no para rezar—, las luchas gladiatorias como espectáculo y las prostitutas como simulacro inofensivo del amor. Sirven al imperio y hacen lo que todos sus súbditos de la milicia: cumplir con el deber impuesto y sobrevivir… el que pueda. La tremebunda guerra de Judea, extraordinariamente narrada por Santamaría, con notable despliegue de detalles sobre movimientos tácticos, maniobras de asedio, combates en formación, ataques y retiradas, es el gran escenario, fragoroso ámbito de choque entre dos civilizaciones milenarias: el occidente grecoromano y el judaísmo. Y los dos están alzados en armas…

Adelanté una conclusión y la ofrezco ahora en dos líneas; escasas no por apresuradas sino por meditadas: Pedro Santamaría ha crecido sobremanera como autor en esta novela. Ya no estamos ante un joven novelista que promete una larga y jugosa trayectoria, sino ante un consagrado narrador dedicado a la novela histórica con una maña y un oficio admirables. Antes dije, también, que no hago ditirambos; pues sepan que tampoco hago prisioneros ni regalo halagos a nadie, y que también es verdad que si no me gusta una obra, no la reseño. Por tanto, háganme caso: no se pierdan el gran tránsito de los jóvenes cántabros que se alistaron como aprendices en el ejército de Roma para combatirla en cuanto tuviesen oportunidad y acabaron…

Como fuese que acabaron… Lo importante es lo sucedido entre un extremo y otro de aquellas vidas, como en todas las vidas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *